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Por Mario Antonio Lara Valdez 

Algunas veces vivimos experiencias que no podemos explicar, ni sabemos buscar respuestas, ni a quién preguntar sobre su llegada o simplemente su misión en nuestra vida o en la tierra. Esta es la historia de Sara, «la niña que Dios colocó en la tierra como testigo de su poder y su capacidad de hacer milagros».

Es algo simple, pero también muy complejo de explicar, porque desde que llegó a nuestras vidas, dejó huellas profundas, como es la presencia imborrable del creador en cada ser humano, pero es el momento indicado para describir a la protagonista de esta historia, que inicia su llegada de la mano milagrosa, aunque en el proceso podemos observar cómo en esa película «Milagro de Dios», la cual recomiendo para lograr entender varias situaciones, porque refleja esta vivencia palpable del poder de Dios representado en Senabri, madre, amiga y comadre, quien logró disfrutar varios años hasta saber que era el momento indicado para aceptar el trato con nuestro creador; debía cumplirse como testimonio de su poder y misericordia.  

Conocerla no fue casual, pero sobre todo es esa conexión única que en realidad no sé cómo explicarle a nadie, bueno, solo a Dios, que puede explicarme cómo pueden entrelazarse en nuestras vidas seres tan especiales que logren acelerar nuestros corazones, desatando en nuestro interior amor paternal, dejando claro que en mis oraciones debería estar presente en su evolución y siempre darle consejos para poder verla sonreír. 

Ser padrino es una responsabilidad que algunas veces vivimos a plenitud y en otras ocasiones vivimos a medias, pero sobre todo ese compromiso que jamás puede ser a medias, porque no es posible ser padre o madre por la mitad; es ser a tiempo completo y de calidad.  

En esta memoria está aquella conversación con la amiga Yanet, así como también aquella vez de ir al lugar donde estaremos todos debajo de la tierra, como es nuestra costumbre, pero también recuerdo cuándo estuve en su cumpleaños y cómo esa madre mencionaba a su princesa hermosa con orgullo, así como a su hijo Sebastián, que los ama con locura, así como sus abuelos, tíos, primos y familiares. Desde su nacimiento, desbordan toda su atención en su vida cotidiana y amor. 

Una familia dominicana de esas que ya no se ven por la cantidad de hijos, pero con ese compromiso de aportar valores y sembradores de esperanzas y fe como pastores . Lo cual es un proceso difícil, pero nunca imposible, ya que para poder ser padres no se estudia porque cada hijo tiene necesidades distintas en afectos , intereses del entorno, como también en lo emocional y mental .

Este escrito es una autocrítica, posiblemente porque como padrinos debemos estar más presentes, pero es momento para conectar, claro que sí, y mirar con lágrimas, pero sacar nuestro pañuelo que tiene nuestro nombre y apellido para comenzar a escribir. Estoy siempre contigo, querida Sara.

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