PULSO NACIONAL
Osvaldo Soriano
La decisión de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) de reconocer a la República Dominicana por haber alcanzado la meta de Hambre Cero y salir del mapa mundial del hambre constituye una de las noticias de mayor trascendencia social de los últimos años. Más que una estadística, representa el reconocimiento de un esfuerzo nacional que ha permitido reducir de manera significativa la subalimentación y mejorar el acceso de miles de familias a una alimentación suficiente.
Este logro merece ser valorado en su justa dimensión. En un escenario inter nacional marcado por conflictos bélicos, crisis climáticas, inflación en los alimentos y crecientes amenazas a la seguridad alimentaria, que un país en vías de desarrollo como la República Dominicana alcance este reconocimiento es motivo de satisfacción y de orgullo nacional.
Somos el quinto país en el hemisferio en lograrlo junto a Brasil, CostaRica, Uruguay y Guyana.
Pero también debe asumirse con responsabilidad. La propia FAO recuerda que el hambre no depende únicamente de la disponibilidad de alimentos, sino también de quela población tenga acceso permanente y económico a una alimentación adecuada y nutritiva. Por ello, este reconocimiento no significa que hayan desaparecido la pobreza, las desigualdades o la vulnerabilidad alimentaria de numerosos hogares dominicanos.
En ese contexto adquiere especial importancia el anuncio del presidente Luis Abinader de fortalecer la inversión pública destinada a la producción agropecuaria nacional. Esa decisión parece acertada porque la mejor política social es aquella que garantiza alimentos suficientes, producción estable y oportunidades para quienes trabajan la tierra.
Incrementar los recursos para la agricultura significa apoyar a los pequeños y medianos productores, ampliar el acceso al crédito, fortalecer los sistemas de riego, impulsar la innovación tecnológica, mejorar la infraestructura rural y reducir las pérdidas posteriores a la cosecha. En otras palabras, significa consolidar la seguridad alimentaria desde su origen: el campo dominicano.
No menos importante resulta fortalecer los programas de compras públicas de alimentos para abastecer comedores económicos, escuelas, hospitales y otras instituciones del Estado.
Cuando esas compras privilegian la producción nacional, se genera un círculo virtuoso que beneficia simultáneamente a productores, consumidores y a la economía del país.
Sin embargo, toda política pública debe estar abierta al escrutinio. Sectores de laoposición y especialistas han planteado cuestionamientos sobre si el reconocimiento refleja plenamente la realidad que viven algunas familias frente al aumento del costo de la canasta básica y las persistentes desigualdades territoriales.
Es un debate legítimo que debe abordarse con datos verificables y sin descalificaciones, porque el objetivo común debe ser garantizar que ningún dominicano quede excluido del derecho a una alimentación digna.
La salida de la República Dominicana del mapa del hambre debe verse, entonces, como el comienzo de una nueva etapa y no como el final del camino. El gran desafío consiste ahora en preservar ese logro, hacerlo sostenible en el tiempo y convertirlo en una verdadera política de Estado, capaz de trascender gobiernos y coyunturas.
Al final, un país no se mide únicamente por el crecimiento de su economía o por el tamaño de sus inversiones. También se mide por su capacidad de garantizar que cada uno de sus ciudadanos pueda sentarse diariamente a la mesa con la tranquilidad de tener alimentos suficientes, nutritivos y producidos, en la mayor medida posible, por manos dominicanas. Ese será el verdadero significado de haber conquistado el Hambre Cero.
Pero el mayor reconocimiento no será el que otorguen los organismos internacionales, sino el que concedan las futuras generaciones al comprobar que el país supo convertir ese logro en una conquista permanente. Ese es el verdadero desafío y, al mismo tiempo, la gran oportunidad de la República Dominicana.
